Los héroes numerados es el tercer libro que Juan Villoro dedica al futbol, después de Dios es redondo, de 2006, y Balón dividido, de 2014. Lo leí, como debía ser, durante las semanas de este Mundial. Villoro parte de la misma idea que en los dos anteriores, que el futbol es una manera de recuperar la infancia. Yo lo leía mientras la FIFA vendía la final en cifras de cinco dígitos y Trump mandaba a sus agentes de migración en los estadios, y esa distancia entre el libro y la pantalla condicionó mi lectura.
El procedimiento del libro es leer el futbol por el número de la camiseta. Villoro le asigna a cada dorsal un carácter y lo usa como puerta de entrada a una posición o a una figura, del 1 del portero al 10 de Maradona y el 14 de Cruyff. En entrevista con Carmen Aristegui lo resumió así: «Ahora los héroes están rotulados, numerados». Es un recurso de organización más que de análisis táctico, y le sirve para pasar de un jugador a una idea sin forzar el salto.
La tesis de fondo es la de siempre en Villoro que jugar es volver a ser niño, y convence rápido porque cualquiera que haya pateado un balón la reconoce. Las mejores páginas están en lo que dice de la afición mexicana, que conoce desde adentro como hincha del Necaxa. «En rigor el público se festeja a sí mismo», escribe, y define el grito de «¡Sí se puede!» como la «demostración empírica de que por lo general no se ha podido». Ahora podríamos agregar el ¿Y sí sí? que de alguna manera también terminó en negación.
El capítulo que más me dolió, por las fechas en que lo leía, es el que piensa el futbol frente a Estados Unidos. «Durante muchos años el futbol fue el sitio maravilloso donde Estados Unidos era un país exótico que podía ser vencido», escribe Villoro, y de ahí pasa a la historia real, la del país (el nuestro) que perdió más de la mitad de su territorio en 1848 y que hoy comparte con su vecino «la frontera más cruzada del planeta», donde muchos de los cruces son ilegales. Este mundial fue organizado por ese mismo vecino, con boletos de once mil dólares y redadas cerca de las canchas, y el capítulo pareció escrito para este verano. No niego que me dio gusto ver perder a Estados Unidos en un juego insólito de tan malo.
El libro no es nostálgico. Villoro dedica páginas a los sobornos, a la violencia, al VAR y al crecimiento del futbol femenino, y en entrevistas ha sido todavía más directo. «El futbol mexicano está diseñado para no tener éxito deportivo», le dijo a Infobae, «porque así da muchísimo dinero. Lo más importante son los derechos televisivos, la venta de publicidad y el traspaso de jugadores. Ese es el negocio». Lo dice alguien que se declara aficionado, no crítico de oficio.
Villoro también cuenta un poco la historia de la relación entre literatura y futbol. Recuerda que Borges despreciaba el juego por considerarlo una distracción popular y reivindica a los que lo volvieron materia literaria, como Roberto Fontanarrosa, Osvaldo Soriano y Eduardo Galeano. Hay hallazgos de archivo, como la semifinal entre América y Chivas de 1983 que terminó con ocho expulsados y con tres paracaidistas cayendo sobre la cancha por un error de cálculo. En esa tradición literaria se coloca él mismo. Es su tercer libro sobre el tema en veinte años, y a estas alturas el lector reconoce sus giros y su gusto por el remate irónico, aunque el hallazgo de los números lo salve de repetirse y convierta a este libro en un nuevo hallazgo.
Por Pedro Ángel Palou
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