La historia de México guarda episodios que, por su naturaleza, han sido relegados de los libros de texto oficiales. El pasado 31 de julio se cumplieron 100 años de la suspensión del culto público en el país, evento que dio paso a la Guerra Cristera, un conflicto que estalló el 3 de agosto de 1926.
Este enfrentamiento, que marcó profundamente al occidente y al centro del territorio nacional, es calificado por especialistas como un capítulo incómodo para el régimen revolucionario del siglo XX. El historiador Alejandro Rosas señaló en entrevista para El Heraldo Radio que la invisibilización de este suceso en la narrativa histórica nacional no es casualidad.
Desde la implementación del libro de texto gratuito en 1959, la presencia de este conflicto en la educación pública ha sido mínima o inexistente, a pesar de su impacto social y político, informó.
«Efectivamente, creo que es incómoda, tan incómoda que desapareció prácticamente de los programas de historia, particularmente en los libros de texto desde 1959, cuando ya tenemos el libro de texto gratuito. Es si acaso de pronto alguna mención, pero es muy incómoda porque al final enfrenta a lo que es un poder fáctico, que sería la Iglesia o el clero católico mexicano, y por otro lado, al Estado mexicano.»
Origen de la tensión y la ruptura entre el Estado y la Iglesia
Para comprender el estallido de la revuelta, es necesario analizar la relación entre el Estado y la Iglesia tras la Revolución. Durante el periodo de Porfirio Díaz, existió una política de conciliación que permitió una convivencia estable.
Sin embargo, la Constitución de 1917 introdujo una generación de legisladores con una postura anticlerical marcada, quienes buscaron limitar la influencia eclesiástica en la vida pública. El punto de quiebre ocurrió con la reglamentación del artículo 130 constitucional, que imponía controles estrictos sobre el registro de sacerdotes y la propiedad de los inmuebles religiosos.
«El Estado se mete hasta la cocina con respecto a la Iglesia. Por ejemplo, los sacerdotes se tenían que registrar ante el Estado mexicano, el Estado podría decir cuántos números de sacerdotes eran necesarios por un municipio o por una entidad.»
La estrategia de la Iglesia, al decidir suspender el culto público como medida de presión, fue el detonante final que radicalizó a ambas partes. El gobierno de Plutarco Elías Calles, caracterizado por su postura anticlerical, respondió con firmeza, lo que derivó en un levantamiento armado de la feligresía.
«Mucha gente cree que fue el gobierno, o sea, el poder laico, el poder público, quien cerró las iglesias y no, es la propia Iglesia, el propio clero católico quien decide hacerlo como una manera de azuzar a la gente para que respondan ante el gobierno.»
Un saldo cruento y el fin de la Guerra Cristera
La Guerra Cristera se extendió por 3 años, dejando un saldo superior a las 100 mil víctimas, entre muertos, desaparecidos y personas desplazadas. El conflicto se concentró principalmente en los estados de Jalisco, Guanajuato, Michoacán, Zacatecas y Aguascalientes.
A pesar de la violencia extrema que caracterizó a ambos bandos, el historiador enfatiza que el objetivo del Estado no era eliminar el dogma religioso, sino controlar las estructuras mundanas de la institución.
«Al parecer rebasa las 100 mil víctimas entre muertos, desaparecidos o gente que se tuvo que movilizar y no regresó. Sí fue muy cruenta, y sobre todo también nada para nadie, es decir, fue cruenta para el gobierno y fue cruenta para los cristeros.»
El conflicto concluyó mediante una negociación encabezada por el gobierno de Emilio Portes Gil, con la mediación del embajador estadounidense Dwight Morrow. Al final, el movimiento cristero, cuyo grito de guerra era «¡Viva Cristo Rey!», quedó desarticulado, cerrando uno de los periodos más violentos y complejos de la historia contemporánea de México.

