Hubo un tiempo en que hablar del Mundial de 2026 en México era abrir la puerta a una colección de dudas. Que si la seguridad. Que si la infraestructura. Que si la logística. Que si el dinero invertido valía la pena. Como suele ocurrir en este país, antes de que rodara el balón ya estábamos discutiendo si el partido estaba perdido.
Pero pasó algo curioso.
Terminó el Mundial y los mexicanos emitieron un veredicto bastante claro: México cumplió. Los números no dejan demasiado espacio para la interpretación. El 71% de los mexicanos se declara satisfecho con que el país haya sido sede del Mundial, mientras apenas un 15% se dice insatisfecho. No estamos frente a un resultado dividido ni ante una sociedad polarizada. Estamos frente a una validación amplia de la organización del torneo.
Y eso, en un país donde pocas cosas generan consensos, ya es una noticia. Sin embargo, como ocurre con las mejores historias, lo verdaderamente interesante no está en la superficie. La pregunta relevante no es si el Mundial gustó. La pregunta es por qué gustó.
Durante décadas, gobiernos, organismos deportivos y grupos empresariales han vendido los mega eventos con el mismo discurso: inversión, empleos, crecimiento, derrama económica. El argumento siempre es financiero. El lenguaje siempre es contable. El beneficio siempre aparece en una hoja de Excel.
Pero los ciudadanos parecen haber contado una historia distinta. Cuando se les pregunta por qué apoyaron el Mundial, las razones principales son la experiencia de vivir una Copa del Mundo en casa, mencionada por el 49%; el orgullo nacional, con 47%; el gusto por el deporte, con 42%; y la promoción turística del país, con 39%. Mucho más abajo aparecen la derrama económica, con 27%; la generación de empleos, con 25%; y la mejora de infraestructura, apenas con 16%.
Traducido al lenguaje cotidiano: los mexicanos no abrazaron el Mundial porque pensaban hacerse más ricos. Lo abrazaron porque querían sentirse parte de algo extraordinario.
Y quizá ahí está la gran revelación de este estudio. Las sociedades no viven únicamente de indicadores económicos. También viven de símbolos, emociones y momentos compartidos. Durante algunas semanas, México dejó de ser el país de los problemas para convertirse en el país anfitrión. Dejó de mirarse a sí mismo desde la crítica permanente para contemplarse desde el orgullo. No es poca cosa.
El 77% considera que el Mundial fue motivo de orgullo para México. El 76% cree que sirvió para mostrar lo mejor del país. Y un contundente 84% afirma que fomentó el turismo y abrió las puertas a otras naciones.
Lo que reflejan estos datos es algo profundamente humano: la necesidad de reconocimiento. Porque los países, igual que las personas, también quieren ser bien vistos.
Y durante un mes México sintió exactamente eso. Sintió que millones de ojos en el mundo lo observaban con admiración en lugar de hacerlo únicamente a través de sus dificultades.
Pero aquí es donde la historia se pone interesante.
Porque una cosa es que el Mundial haya fortalecido la imagen de México y otra muy distinta que haya fortalecido la confianza en las instituciones relacionadas con él. Y los números muestran una separación quirúrgica entre ambas cosas.
A los mexicanos les gustó la experiencia. No necesariamente les gustaron quienes estaban detrás de ella. Solo el 39% considera que FIFA es una organización confiable y apenas el 37% piensa que actúa de manera transparente. En cuanto a la Federación Mexicana de Futbol, únicamente el 50% la considera confiable y el 51% cree que actúa en beneficio del futbol mexicano. Es un dato extraordinario.
Porque demuestra un nivel de sofisticación ciudadana que a veces se subestima. La gente es capaz de reconocer que algo salió bien sin otorgar automáticamente un certificado de confianza a quienes lo organizaron.
En otras palabras, el torneo aprobó. Los organizadores no necesariamente. Y eso nos lleva a otro capítulo fundamental: el dinero. El 69% de los mexicanos considera que el Mundial tuvo un impacto positivo para la economía nacional. Además, identifican beneficios claros como el aumento del turismo, señalado por el 77%; el impulso al comercio local, con 59%; la promoción internacional del país, con 57%; y el fortalecimiento de hoteles y restaurantes, con 49%. Hasta aquí parece una historia de éxito rotundo. Pero basta rascar un poco para encontrar las reservas.
Entre quienes perciben efectos negativos, el 54% considera que los beneficios terminaron favoreciendo principalmente a las grandes empresas. El mismo porcentaje menciona desvío de recursos y aumento de precios. Además, el 52% habla de endeudamiento público e inversiones cuya recuperación genera dudas.
Y ahí aparece la verdadera pregunta. No si hubo beneficios. Sino quién se quedó con ellos.
Porque una economía puede crecer y, aun así, dejar a mucha gente fuera del reparto. Un evento puede generar riqueza y, al mismo tiempo, concentrarla. Un éxito nacional puede convivir con una sensación de desigualdad. Los mexicanos parecen entender perfectamente esa diferencia.
Por eso el debate posterior al Mundial ya no gira en torno a si funcionó o no funcionó. La conversación evolucionó. Ahora la pregunta es quién capturó el valor que generó. Existe además una paradoja particularmente reveladora.
Solo el 12% asistió presencialmente a algún partido. Entre quienes no fueron, dos terceras partes señalaron los altos costos como la principal razón. Piénsalo un momento.
El evento deportivo más importante del planeta se organizó en México, pero la inmensa mayoría de los mexicanos no pudo vivirlo desde las tribunas. Es una imagen casi poética. Un Mundial en casa que millones tuvieron que seguir desde casa.
De hecho, el 82% vio los partidos principalmente desde su hogar. Así que quizá el verdadero estadio de esta Copa del Mundo no estuvo en Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey. Quizá estuvo en las salas, comedores, patios y reuniones familiares de todo el país.
Tal vez por eso el legado más fuerte terminó siendo emocional y social. También ayudó el desempeño de la Selección Mexicana. El 82% calificó su actuación como excelente o muy buena, y los sentimientos predominantes fueron orgullo, satisfacción, alegría y esperanza.
Para una afición acostumbrada a navegar entre desencantos mundialistas, salir contenta ya representa una pequeña revolución cultural.
Pero conviene no confundir un buen momento con un cambio estructural. Porque eso es precisamente lo que sugieren los datos. El Mundial funcionó como una excepción emocional. Una experiencia capaz de generar orgullo colectivo, satisfacción ciudadana y validación internacional.
La pregunta es si esas emociones pueden transformarse en algo más permanente. Si la confianza que se construyó alrededor del evento puede trasladarse a las instituciones. Si los beneficios económicos llegarán a una mayoría o permanecerán concentrados. Si el legado sobrevivirá cuando desaparezca la emoción. Al final, quizá la principal enseñanza del Mundial no tiene que ver con futbol, turismo o economía.
Tiene que ver con ciudadanía. México no necesitaba demostrar que era capaz de organizar una Copa del Mundo. Eso ya quedó claro. Lo que terminó demostrando es algo mucho más interesante: que los mexicanos saben reconocer los éxitos sin renunciar al derecho de hacer preguntas incómodas.
Celebran, sí. Aplauden, también. Pero no bajan la guardia. Y tal vez esa sea la verdadera victoria que dejó el Mundial: un país capaz de disfrutar el espectáculo sin perder de vista la cuenta por pagar. Porque cuando se apagaron las luces, se vaciaron los estadios y el último aficionado tomó el vuelo de regreso, quedó una sensación positiva.
Pero también quedó una pregunta que sigue esperando respuesta. Si el Mundial fue un éxito para México, ¿el éxito fue realmente para los mexicanos?
POR FERNANDO ÁLVAREZ KURI
Senior Group Director Ipsos en México
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