JD Vance subió al escenario de la convención republicana en Dallas dispuesto a presentarse como heredero y terminó comportándose como aspirante inquieto. Cuando un manifestante desplegó una bandera mexicana, el vicepresidente le espetó que, si tanto amaba a México, moviera el trasero hacia allá; incluso ofreció pagarle el boleto.
La concurrencia rugió. Vance consiguió el aplauso que buscaba, pero dejó otra impresión: la de quien necesita demostrar, a gritos, que merece la candidatura que todos suponen suya.
Quizá se trate simplemente del radicalismo exigido para conquistar a la base MAGA. O quizá Vance ya sospeche algo que nadie se atreve a decir en voz alta: el candidato de Donald Trump para 2028 podría no ser él… Tal vez son las dos cosas al unísono. No son excluyentes.
Las encuestas, los cargos y la liturgia sucesoria apuntan al vicepresidente. Vance encabeza ampliamente las preferencias republicanas, controla resortes importantes del partido y recibe ovaciones de “¡48!”, en alusión al próximo presidente estadounidense. Marco Rubio, en cambio, asegura que apoyará a Vance si este compite. Todo parece resuelto. Demasiado resuelto… si me lo preguntan.
Trump ha comenzado a preguntar a sus colaboradores: “¿JD o Marco?”. Lo plantea como quien consulta el menú, aunque en realidad observa quién se atraganta. Así le gusta al presidente. Disfruta enfrentar subordinados, medir lealtades y mantener vacante el trono mientras él todavía lo ocupa. No designa herederos: organiza concursos de resistencia.
El procedimiento recuerda al juego mexicano de las corcholatas en 2023. Había recorridos, encuestas, debates y contendientes; pero la verdadera elección consistía en interpretar la voluntad presidencial. No ganaría necesariamente quien hiciera mejor campaña, sino quien fuera visto por el jefe como la prolongación más segura de sí mismo. Washington empieza a recurrir el dedazo, aunque con primarias, gorras rojas y producción de súper espectáculo, como todo lo que hacen los gringos.
Si me preguntan, diría que Vance es la corcholata visible. Rubio trabaja como la encubierta. Trump lo humilló durante las primarias de 2016, lo bautizó “Little Marco” y convirtió su estatura política en material de comedia. Rubio respondió entonces con insultos propios y perdió. Pero también aprendió…
Más tarde, ya en el 2024-2025 soportó pruebas, desplazamientos y contradicciones sin romper públicamente con quien había intentado pulverizarlo. Viejo lobo caribeño, entendió que alrededor de Trump la dignidad puede depreciarse, pero la cercanía paga con creces.
El antiguo rival terminó convertido en secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional: diplomático, operador hemisférico y hombre para los encargos difíciles. Mientras Vance recorre el país pronunciando discursos, Rubio acumula asuntos resueltos. Uno cosecha ovaciones; el otro entrega resultados.
Y Trump aprecia la lealtad, pero adooooora la utilidad. Venezuela lo demuestra. Trump apareció exultante presumiendo el acuerdo que otorga a Estados Unidos derechos de control y acceso preferente sobre gigantescas reservas petroleras venezolanas. El presidente habló como conquistador que vuelve con barriles en vez de oro y territorios.
Pero debajo de la firma política y del relato imperial aparece Rubio, arquitecto de la ofensiva sobre Caracas y firmante, junto con Pete Hegseth, del convenio petrolero que la Casa Blanca presume como “el mayor de la historia”.
Trump se queda con el petróleo, el aplauso y la fotografía. Rubio, con el mérito que Trump jamás concede completo, pero tampoco olvida. No es poca cosa haber convertido la obsesión venezolana del presidente en un trofeo que puede exhibir ante sus electores.
Para hacer las cosas más interesantes, no hay que olvidar que entre Rubio y Vance también existe una fractura doctrinal. El primero encarna la tradición intervencionista y el dominio estadounidense sobre el continente; el segundo procede del nacionalismo que prometía evitar nuevas guerras, aunque terminó justificando la de Irán…
Uno habla con el “guante de terciopelo”, como dijo Trump; el otro necesita el puño. Rubio ofrece ejecución. Vance, combustión. Y cuando el incendio ya está encendido, quizá el dueño prefiera a quien sabe administrarlo. ¿O no?
Rubio posee, además, algo que Vance difícilmente puede adquirir a gritos: capacidad para ampliar la coalición. Es latino, habla español, conoce el entramado internacional, tranquiliza al viejo aparato republicano y puede presentarse ante MAGA sin parecer completamente fabricado por… MAGA. Vance entusiasma a los convencidos; Rubio podría servir para ganar a quienes todavía necesitan ser convencidos.
Esto no significa que la candidatura esté decidida. Tampoco que yo este inclinándome por el hombre fuerte que hoy es el señor de ascendencia cubana. De hecho, para serles franca, no hay funcionario estadounidense que me parezca más enigmático que Rubio. Me provoca muchos signos de interrogación.
Hoy Vance tiene ventaja real y Rubio carece de una maquinaria comparable. Pero esto puede significar algo más incómodo: en un partido organizado alrededor de una sola personalidad, las encuestas importan menos que el estado de ánimo del propietario.
También Claudia Sheinbaum fue presentada como resultado de un procedimiento. Después supimos que el procedimiento había consistido en confirmar el resultado deseado.
Las fricciones republicanas crecerán porque ya no discuten únicamente qué hacer con Irán, Venezuela, Europa o la inmigración. Discuten quién tendrá derecho a interpretar el trumpismo cuando Trump ya no pueda hacerlo desde la Casa Blanca. Vance pretende heredar la furia; Rubio, convertirla en doctrina de Estado. Y todo heredero aprende, aunque sea tarde, que el fundador prefiere legatarios débiles: nadie debe eclipsarlo antes del último día. Eso creo.
Los demócratas podrían aprovechar esa guerra, pero siguen desdibujados y divididos entre una moderación sin personaje y una izquierda con demasiados. Bernie Sanders —independiente, aunque aliado habitual— y Alexandria Ocasio-Cortez empujan al partido hacia posiciones que facilitan la caricatura republicana; del otro lado, Vance y Ted Cruz endurecen el discurso contra inmigrantes y minorías.
Los extremos se necesitan: cada uno justifica su propia desmesura mostrando la del adversario. Hasta el senador demócrata John Fetterman apareció en video durante la convención republicana para repudiar el socialismo. Cuando la oposición presta figuras al espectáculo del contrario, deja de ser oposición y se vuelve parte del elenco.
Por eso 2028 puede parecerse a 2024 tanto en Estados Unidos, como en México: un oficialismo convertido en movimiento personal, una sucesión presentada como competencia y una oposición que todavía confunde indignación con alternativa. Vance actúa como candidato porque necesita parecerlo. Rubio actúa como funcionario porque sabe que, para ser el candidato de Trump, primero debe conseguir que este crea que la idea fue suya.
Tres en Raya
Vance ofreció pagar un boleto de avión a México al hombre de la bandera. Tal vez debería reservar dos. En política, quienes se sienten instalados suelen ser los primeros en descubrir que alguien más ya ocupó su asiento. Atención a ello.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
@MALOGUZMANVERO
MAAZ

